Los Resultados Importan… ¿Qué Resultados?




Muchos hablamos de dar la palabra a los niños o a los jóvenes en las clases. De que el aprendizaje sea lento y significativo. De que el profesor escuche más que hable, o al menos, tanto. De que los proyectos sean motivadores.

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Pero, al final, siempre alguien replica ¿y los resultados? Y no podemos obviarlo porque, simple y llanamente, tiene razón.

Nadie ha dicho que los reformadores o disruptores no piensen en los resultados, pero la duda o el temor son legítimos.

Como siempre el diablo se oculta en los detalles. Posiblemente a muchos se nos habrá pasado inadvertido el sintagma “los resultados”, como si hubiera un consenso universal sobre lo que es un resultado o “el resultado” de la educación fuera algo unívoco.

El doctor Joan Santacana, profesor de pedagogía de las ciencias sociales a alumnos de magisterio, explicaba recientemente en un seminario pedagógico que a alumnos muy brillantes (por sus notas) se les había pasado por alto una trampa en que él les había hecho caer. Se trataba simplemente de que había cogido un fragmento de Mein Kampf de Adolf Hitler, sobre la educación de los jóvenes, había sustituido “Alemania” por “nuestro país”, y se lo había puesto para comentar. Excepto tres de esos brillantísimos alumnos, el resto estuvieron muy de acuerdo con el texto. Después Santacana procedió a la típica crítica a la falta de espíritu crítico en nuestros alumnos “aventajados en resultados”. ¿Qué puede entenderse por “resultados”? Cosas que se puedan medir. Cuando lo más importante es dificilísimo de medir y poner por escrito en un informe de evaluación.



Mientras el mundo se comporte como se comporta primando el tener al ser, los resultados medibles serán importantes. No podemos ser como el anticapitalista que cree que con su solo ejemplo conducirá al mundo a superar el capitalismo aunque no sepa explicar en qué consiste eso.

Hasta ahora sólo tenemos experiencia completa de lo que pasa con la educación transmisora y basada en exámenes de conocimientos. Es cuestión de saber hasta qué punto estamos desencantados de ella. Es evidente que no promueve especialmente la empatía. Y la empatía es muy difícil de detectar en un examen al uso.

¿Qué resultados pretendemos de nuestros alumnos en cada nivel? ¿Qué aspecto tienen? ¿Cómo se observan? ¿Cómo se consignan y valoran? ¿A quién van destinados? En los relevos que supone cada cambio de etapa, los nuevos maestros ejercen de juez, pero nada es definitivo hasta que se llega al final natural, las escuelas profesionales, la universidad y, en último término, la empresa que es el juez supremo. ¿Debe serlo?

Lo más importante es dificilísimo de medir y poner por escrito en un
informe de evaluación

Creo que es indiscutible que sí, en parte. El mundo debe funcionar. El dolor debe ser aliviado y la enfermedad curada. Los edificios deben ser agradablemente habitables y no caerse. Los servicios deben funcionar con presteza y a satisfacción del atendido. Las piezas deben estar bien calibradas y cumplir su función. Los niños deben ser educados con amor y visión del mundo. Etcétera.

Pero también creo que lo más importante debería empezar cuando la función está cumplida. La bondad, la belleza y la verdad se cumplen, más allá de la función, en la familia, en la ciudad, en el mundo y, por qué no, también en la empresa. Y sólo esas virtudes nos hacen humanos.

Cuando reclamamos resultados en la escuela nos limitamos a reclamar que el mundo funcione, no que sea buenobello y veraz. Y si reclamáramos también esos otros resultados deberíamos considerar la educación como una combinación ponderada de saberlibertad responsabilidad.

Los profesores deberían por tanto poder dar ejemplo de esas tres virtudes. Parece que la mayoría de los alumnos del profesor Santacana, futuros maestros, fallaron en saber y responsabilidad. Diríase que el saber que procura altas calificaciones no es lo bastante profundo como para desenmascarar el ingenio poco profundo de un personaje como Adolf Hitler.

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Es obvio, y lo recalcan los defensores de los resultados, que los lenguajes del mundo, de la tecnología y de la ciencia deben dominarse. Los libros de texto los resumen en infinidad de epígrafes, párrafos y recuadros. A alguien podría parecerle que eso es saber. La libertad y la responsabilidad se les supone. Pero, como comentaba en un artículo anterior, todo dependerá de la peripecia vital de cada maestro y de las de sus maestros combinadas.

¿Qué saberes, qué libertades y qué responsabilidades comunicamos?
Los niños deben ser educados con amor y visión del mundo
Como siempre vamos por un terreno sin mapas. En esta película de la vida vamos cartografiando según avanzamos.

Ya saben mi punto de vista:
Expliquemos todo lo que sepamos y con toda la emoción que tengamos en forma de libros breves amables y sobre todos los temas.

Convirtamos las aulas en ‘centros de convivencia cultural (ateneos infantiles)’. Y formemos a los maestros en capacidad de direccióncuriosidad y honestidad humana. Si los niños, los maestros y los espacios se relacionan bien, cosecharemos saberlibertad y responsabilidad. Mucha más que ahora. Y las universidades y las empresas no se quejarán.


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